viví para fortuna mía en una casa grande. con patio delantero y trasero. con una calle en la que los coches no circulaban, con un terreno baldío enfrente en el que jugaba a las canicas con mis hermanos y amigos y vecinos.
en ese terreno baldío enterré a varias mascotas. llorando. supe entonces que a los seres que uno quiere no se les tira al río. se les entierra y se les recuerda. porque estarán ahí. pero luego olvidaba a los animalitos y jugábamos a las canicas y a los hoyos y a las escondidas y al bote pateado y a tantas cosas. y jugábamos a la sombra de un árbol feo, un pirul rodeado de maleza.
un pirul de ramas retorcidas al que le quitaba el fruto para joder a mis amigos arrojando la bolita verde desde un globo que estiraba pegado a una manguerita naranja.
un pirul al que subía hasta la punta para demostrarame a mí y a otros que podía treparlo como el mejor trepador de pirules. un día un amigo cayó desde lo alto. lo recuerdo bien porque no le pasó nada, nada más que el susto y un poco de falta de aire. yo seguí trepando hasta la punta de ese pirul hasta que mi niñez terminó y las mujeres me importaron más que los árboles.
hoy que fui a casa de mi madre comprobé de nuevo que no queda nada más de eso, ni el terreno baldío, ni el pirul, ni los amigos, ni mis hermanos. las canicas las guardo, desde hace 25 años en un bote de chocolate Milo (bombochas, aguitas, y etc) ahí siguen mis canicas. no las recordaba. pero recordé mi infancia. a dos calles de un kiosko y uns canchas de basketbol.
a unos cientos de metros de un cerro en el que pasé la adolescencia bebiendo pulque. y recordé mi adolescencia de nuevo, en ese cerro, con esos pulques, con esas vivencias, con esas ganas, con esos descubrimientos, con todo.
un terreno baldío y un cerro boscoso que guardan mucho de lo que fui y soy.