hoy una anciana de cerca de 70 años y movimientos ágiles y lucidez envidiable me sentó ante su escritorio. vio mis fotos. me ordenó quitarme los lentes. me indicó como recogerme el escaso copete cn el fin de examinar mi frente y comparar si las arrugas y las ojeras del tipo de la foto era yo. satisfecha al comprobar que éramos la misma persona me dijo:
-no se deje crecer la barba. en ese momento me sentí como en la cárcel, como el preso que "toca el piano" y pone la jeta de perfil y de frente sosteniendo su número.
-no, señora, contesté.
-cuando vaya rasúrese.
-cuando vaya a dónde.
-a su examen.
-¿ah, sí?, ¿y puedo vestir como se me hinche la gana?.
-se les recomienda vestir formales.
-y entonces, ¿qué examinan, el conocimiento o la calidad de la ropa, lo naco que uno puede llegar a ser?
-vista como quiera.
-eso haré. y tampoco me rasuraré.
-uno de sus papeles está mal, dijo luego de examinar hoja tras hoja.
-todo está mal conmigo desde hace un tiempo... y desde siempre, ahora que lo pienso, dije harto, a punto de explotar.
-tiene que volver con este documento escrito de manera correcta, dijo y me miró con sus ojillos verdes, sus cabello blanco, su cuerpecito enjuto, su 1.55 de estatura, su poder detrás del escritorio de lámina y formaica-. lo espero, tiene 30 minutos, dijo.
una vez más el poder me había vencido, encarnado esta vez en una viejecita, inofensiva a la vista de muchos, frágil, incluso tierna y adorable.
si la hubiera visto yo en la calle le habría ayudado a atravesar una calle o le hubiera cargado la bolsa del mandado hasta su departamento en el piso 10.
el poder tiene ese poder de mímesis. así que vencido por el poder ahora estoy deseando dar a la vejez navajazos, como debí haber hecho hace mucho tiempo, antes de volverme, yo también, un jodido viejo.