Al parecer hoy ya nadie recuerda el miedo que padecimos hace unas semanas por la amenaza de la influencia. Por lo menos yo no olvido que en el metro es mejor usar cubrebocas, lavarme las manos antes y después de ir al baño, antes y después de usar transporte público, antes y después de comer e incluso antes y después de una sana chaquetita.
Son hábitos que ya he hecho mío y que ojalá nunca abandone. Lo que sí no he podido lograr es hacerme de una sana cultura culinaria. Persuadido por los secretarios de estado que día tras día se han dado atracones de carnitas y cualquier derivado de la carne de cerdo para promocionar el consumo de dicha carne –soy de muy fácil manipulación- he cedido ante el influjo; y luego de más de seis meses de no comer nada que tuviera que ver con el cochino, me he puesto un atracón de tacos de carnitas. Acompañé los tacos ed una cerveza, como he visto que hacen los funcionarios en la tele. Coloco la salsa, cebolla picada, cilantro y evito el limón. Abro la trompa y mastico como cuche al cerdo que se pasea por mi boca. Dicen que cerdo no come cerdo, pero yo no pude evitarlo. Atentar contra la propia salud ha sido una de mis características en 20 años. Así que unos taquito no iban a empeorarme.
Y si no me contagié de ningún virus de ninguna influenza lo que sí me pasó fue una diarrea espantosa, un dolor agudo, una gastritis incrementada, unas arcadas demoledoras y molestas, unas punzadas asesinas en el viernes. Los anticuerpos generados por años desaparecieron en menos de seis meses, dejándome desprotegido. No creo que el marrano haya sido cochinamente preparado, el lugar se veía pulcro y sanitizado; los gordos taqueros usaban su cubrebocas, la mesera igual. Yo lavé mis manos. Algo falló en mi cálculo. Si el marrano te hace crecer bello y sano yo lo dudo. Lo único que yo saqué fue una puerca diarrea y una cochina infección que, lo juro, no vuelve a pasar. Puerco, asqueroso pero rico marrano.