Thursday, April 29, 2010

Un hombre vencido en el Metro

Alejandro Páez Varela
Un hombre vencido en el Metro

Metro Chapultepec. Paul Auster me aburre. Son las 10 de la mañana y el tumulto, además, no deja leer.

Un hombre mayor vencido en una de las ventanillas parece cargar la cruda de vagón completo, las penas de muchos, la angustia del mundo y mi aburrimiento. No: con esa bolsa de nylon llena de herramientas (¿de plomero?) más bien carga el cansancio de todos. Me asombro, al ver su rostro y el cuerpo desvencijado, que pueda mantenerse erguido. A su lado, una pareja y sus tres hijos duermen hasta los ronquidos; los que vemos la escena nos horrorizamos porque el más chiquito, cuya baba desentona con el cabello arreglado, se desliza lentamente de las manos de su madre. Pero una madre sabe hasta dónde: con un jalón de antebrazo lo devuelve a su pecho y regresan juntos a la ilusión del sueño profundo. Dos jóvenes bien arreglados y con camisas de marca ven con descaro y ansiedad a la gente; escogen a quién asaltar, digo, y uno de ellos me clava los ojos. Le sostengo la vista pensando que desistirá porque lo he reconocido, y en eso se detiene el carro y quedamos en total oscuridad. Cuando se encienden las luces, segundos después, ya no están cerca de mí sino detrás de una mujer. Me toco la cartera: todo bien. Veo sin parpadear la bolsa de la mujer pero no descubro nada extraordinario. Por eso son ladrones, imagino. El Metro se detiene: estación Balderas. Unos salimos y otros entran.

Al trasbordar a un siguiente carro sube conmigo un chamaquillo con un morral al hombro. No es Metro Jamaica, o La Merced; ¿por qué entonces el mandado? Porque no es mandado. Grita: “Ediciones No-sé-qué trae a ustedes como promoción el libro Reflexiones y pensamientos volumen dos con ideas sobre la vida, el amor, la esperanza...” ¿La esperanza? Pongo atención (aunque sus ojos perdidos no me inspiran confianza) y continúa: “…Ancianos solitarios, Madres malas; Papi, ¿me devuelves mis manitas? No culpes a nadie…” Con eso me basta. Extiendo la mano con 10 pesos y me entrega el libro: 96 páginas del papel más sucio y barato que he visto en mi vida; quién sabe de dónde lo sacarán. Ediciones No-sé-qué no existe, o existe para el vendedor, porque el libro no trae siquiera página legal. El índice promete: Las trece reglas de la felicidad; La felicidad está adentro sólo por hoy seré feliz; El tiempo y sus momentos; En paz; No sé llegar al cielo de un solo brinco; Cómo ser dueño de mis emociones; La salud mental. Es decir, esperanza en su estado más puro. Los autores: Anónimo, J. G. Holland, Anónimo, A. Junco, Amado Nervo, Aristóteles, Séneca, La Rochefoucauld, Anónimo, L. Tolstoi, Erasmo, Anónimo, Ileana Vizcarrondo, San Agustín, Anónimo. Por lo menos dos mil 500 años del pensamiento occidental.

Metro Hidalgo. Me bajan a empujones, pero celebro: he llegado a mi destino. Abro el otro libro y el personaje de Paul Auster sigue recitando películas que ha visto. Me dan güeva los que escriben de cine, y Auster me lo confirma: “Una película puede verse -incluso disfrutarse- en un estado de irreflexiva pasividad”. Cierro a Auster y abandono su personaje que inventa personajes y una segunda guerra civil en Estados Unidos.


En mi oficina, pienso en el hombre que cargaba herramientas, angustia del mundo y cansancio de todos. Abro mi nuevo libro (lo creo mi serifot); busco respuestas para ese pobre individuo y, si se puede, para mí. Una página al azar dice: “El secreto de la felicidad conyugal consiste en exigir mucho de sí mismo y poco del otro”. Sería una losa más a su bolsa de nylon, digo. No. Hojeo. Después de un rato tomo una decisión: camino con Reflexiones y pensamientos volumen dos al bote de reciclado de papel, y antes de lanzarlo, decido abrirlo una vez más: “Si celebras tu cumpleaños y decoras tu habitación como niño, llenarás de alegría tu vida”, leo. Rochefoucauld no aparece por ningún lado. Ni San Agustín.

De regreso a casa, pasa frente a mí un cd con 100 canciones de amor de todos los tiempos; lo dejo pasar. Luego, el cuaderno de pintar para sus niños con 100 temas distintos, y las pastillas de miel para esa garganta carrasposa, con propóleo para el cansancio. Las pastillas, las pastillas, digo, y pago.

No creo que tengan miel; el propóleo no aparece por ningún lado. Pero algún bien le harán, pienso, al hombre vencido que me encuentre mañana.