Hace años solía raparme o traer el cabello corto, costumbre de mi pasado punki. Antes de eso, y como símbolo de rebeldía adolescente, unos cairelitos se desprendían de mi cabeza.
Ahora procuro mantenerlo corto pero no tanto, pero por temporadas me lo dejo largo porque ir a una estética y dejar que una mujer o un homosexual corten mis cabellos es como dejar que un pollero destace gallinas.
He recorrido cientos de estéticas y peluquerías luego de que por más de tres años había encontrado a la peluquera ideal, aunque de eso hace ya más de ocho años. Esta que menciono ya no necesitaba preguntarme cómo lo quería, metía su tijera y su navaja por entre mis cabellos revueltos para darles un poco de orden. En algún momento renunció o la corrieron. Jamás regresé, o regresé para darme cuenta que una pollera estaba encargada de destruir el cabello de sus clientes.
Y así he ido de nuevo, en busca de un lugar decente en el que entiendan que una despuntada es eso, una despuntada. Parece que si no cortan más de tres centímetros de pelo no han hecho su trabajo.
Hace sólo unas semanas tenía el cabello medianamente largo con la intención de dejarlo crecer para cubrir cuello y orejas en este invierno frío que se avecina. Largo para dejarlo acariciar y enredarse dentro de unas manos delgadas. No importa si ese cabello se ve ridículamente juvenil en una frente que se llena de arrugas y se amplía casi hasta la mitad del cráneo. No importa. Quería el cabello largo, con sus naturales rizos colgando, ocultando las profusas canas que lo pueblan. Eso quería, pero un vez más una pollera se dio a la tarea de tuzarme.
¿Qué hacer ante lo cortado y lo perdido? Esperar, sólo esperar. La única buena noticia resultado de un corte de cabello es que éste vuelve a crecer, crecer y crecer. Así que no espero la primavera, espero el invierno, espero que el cabello crezca los suficiente, espero encontrar a un peluquero o un barbero que hable español, lo suficiente para que entienda que no quiero parecer militar. Espero.