tengo un recuerdo. o varios recuerdos de mi infancia y pubertad y adolescencia. pero mi recuerdo en este momento es el de mi litera. mi litera y la de mi hermano. la litera en donde dormimos años yo encima de él, él debajo de mí.
era una litera pedestre de madera y bases para el colchón de fierro, un fierro pintado de café y un par de colchones que no cuidaban la espalda pero que duraron años y años rígidos pero mullidos.
no era una casa pequeña la nuestra, tampoco grande, pero en aquellos años a mis padres les había alcanzado para una con patio trasero, dos plantas y jardín delantero con cajón de estacionamiento (decir que les había alcanzado equivale a decir que los habían hecho endeudarse) a dos calles de un parque en el que jugué y jugué y jugué y bebí y fumé y me caí y vi asaltos (en ese orden) y de la primaria a la que asistí.
una casa no demasiado grande pero de tres habitaciones, una para los padres, una para los varoncitos y una para la niña. la litera llegó en un momento en que ya recuerdo haberla visto llegar, acaso 8 o 9 años. ayudé en su armado, atornillando, sosteniendo los ejes, metiendo los colchones, poniendo las primeras sábanas.
desde la llegada de la litera jamás volví a cambiar las sábanas y colchas con frecuencia y dejé de hacerle caso a mi madre sobre tender la cama, qué hueva por dios, que lo hiciera ella que para eso era mi madre, pero ella tenía que buscar el alimento de sus tres críos antes que tender camas. mi hermano medio tendía su planta baja de litera y mi hermana bien tendía su enorme cama matrimonial, o quizá fuera individual, estoy hablando de otros tiempos, pero era enorme, recuerdo.
la litera se movía poco y cuando comenzaba a balancearse una buena apretada de tornillos, empujarla lo más posible al vértice de las paredes y listo.
dormimos ahí y no pregunten cómo me trepaba, ni cómo bajaba, pues la escalera me parecía una putería ya desde mi corta edad. tampoco me pregunten cómo podía treparme años después si llegaba ebrio; cómo mi hermano no despertaba, cómo no escuchaba mis chaquetas (quizás se hacía pendejo). no pregunten cómo fue el día en que ya no hubo más un inquilino abajo.
a veces, cuando él no estaba, el piso de abajo de la litera era mi lugar de lectura y hueva. en cuanto aparecía me subía. su ferocidad de entonces, ahora desaparecida, me hacía retirarme a mi parte alta del hangar llamado litera.
alguna vez lo escuché caer, adolescentes ambos; dormido como estaba, cayó, se levantó y se metió de nuevo en la cama. yo reí en la oscuridad, él estaba medio sonámbulo y decía incoherencias en sueños. su madrazo me despertó.
él me acusaba de hablar por las noches, ya en la prepa, se quejaba de no dejarlo dormir. ¿en qué momento pasó del sueño de un bebé al insomnio de un adulto?
cuando ya no hubo el inquilino de la parte baja la litera permaneció litera durante un tiempo y después mi madre regaló la parte baja por ahí, o la vendió, a saber.
él no regresaría, pensó ella y, si lo hiciese, habría una colchoneta confortable para su cuerpucho.
era distinta la vida vista desde la planta baja, vista la ventana desde arriba entraba menos luz, vista desde abajo podía incluso ver los cielos.
pero eran los mismos cielos que veía desde el alféizar de la ventana.
desde la cama parte baja, antes parte alta, el cuadro del cielo era menor, los arcoiris, los volcanes que entonces se veían, preferí siempre la parte alta y más preferí la vista del mundo desde la ventana misma, pero lo que digo es que nada era igual desde que la litera no era litera.
él se fue, mi hermano, por si no lo he dicho o lo han olvidado, regresó una vez por algunos meses y regresó otra, mucho más tarde, por otros pocos meses. seguimos compartiendo la habitación entonces. pero él se había ido de la casa materna antes que yo, quiero decir.
pasarían pocos meses antes de que ese resto de cama, la parte alta que se quedó de baja también se fuera, y no gracias a mi impulso, sino al de mi madre, que quizá se negaba a seguir viendo en esa parte alta la parte baja del hijo que le hacía falta y que no sabía ni se explicaba por qué se le había ido de casa antes que el crío mayor.
así, un día llegué y no hubo más litera parte alta fingiendo ser parte baja. en su lugar un adefesio matrimonial que ahí debe seguir. no pregunté, no cuestioné. sólo dormí, unos meses más.
ignoro el destino de aquella litera. nunca lo he preguntado. y creo que nunca lo preguntaré ni lo sabré, como el juguete que un día se fue para no regresar más, sólo que de mis juguetes no tengo un puto recuerdo.